Isaías 11,1-10
Salmo 71
Romanos
15,4-9
Mateo
3,1-12
Reflexiones
Tres son los personajes
principales que, en el tiempo de
Adviento, nos preparan para
el encuentro con Cristo: el profeta Isaías, Juan el Bautista
y María.
Cada uno
de ellos tiene una relación misionera especial con el Salvador
que viene: Isaías
lo preanuncia, Juan lo señala ya
presente, María lo posee y lo dona. También otros “pobres de Yahvé” del Primer
Testamento vivían a la espera de un Mesías, aunque para
muchos la espera
resultaba confusa y mezclada de esperanzas humanas.
Asimismo, hoy la esperanza es un valor en
crisis de contenidos,
porque muchos desconocen lo que más necesitan para conseguir el
auténtico
crecimiento integral de su vida. En una pieza teatral
emblemática de nuestro
tiempo, el escritor irlandés Samuel Beckett, Premio Nobel de
literatura (1969),
denuncia lo absurdo de la condición humana: la obra Esperando
a Godot
se desarrolla en la larga espera de un personaje importante, pero
desconocido,
con perfil y trazos nebulosos. Cuando ya se anuncia que ese personaje
está a
punto de llegar, la última manifestación de los actores
es un poco convencido ¡Vamos!”,
pero en la indicación escenográfica se anota: “Que nadie
se mueva”. La larga
espera ha sido en vano. La obra simboliza la carencia de significado de
la vida
humana, tema recurrente del existencialismo.
Nada que ver con la esperanza cristiana, que es un dinamismo de apertura y de encuentro
con una Persona conocida, de la cual uno se siente profundamente amado:
es el
Salvador de todos, con un nombre y un rostro bien definidos. Se llama Jesucristo.
Él es el centro del anuncio misionero de la Iglesia. La
“esperanza
cristiana” es el tema de la segunda encíclica del Papa Benedicto
XVI, Spe Salvi (en esperanza fuimos
salvados – Rm 8,24). Si la caridad es el corazón de la
fe
cristiana -porque ¡Dios es amor!- la esperanza es el dinamismo que la mantiene
viva en el tiempo y en el espacio; el alma que sustenta el anuncio
misionero
del Evangelio en cada época y entre todos los pueblos. El Papa
lo demuestra
también con la historia emblemática de Santa
Josefina Bakhita
(1869-1947), la cual fue esclava en Darfur, secuestrada por
“traficantes de
esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de
Sudán”; luego logró
ser plenamente libre y salvada: en el cuerpo y en su dignidad como
persona,
pero más tarde también en calidad de bautizada y de
religiosa. Ella se sentía
conocida, amada y esperada por su Señor, al que empezó a
llamar su nuevo y
único Patrón supremo. De
esta experiencia nacía en ella el ardor
misionero: estaba convencida de que “la esperanza que en ella
había
nacido y la había «redimido» no podía
guardársela para sí sola; esta esperanza
debía llegar a muchos, llegar a todos” (Spe Salvi, n. 3).
(Cronológicamente, la sudanesa Bakhita pertenecía al
territorio y a la época en
que S. Daniel Comboni era obispo, aunque los dos nunca se encontraron).
(*)
El profeta Isaías (I
lectura), ocho siglos antes de Cristo,
en tiempos de violencia y desolación, fue capaz de cantar la
esperanza en un
futuro de vida, reconciliación y prosperidad para su pueblo. En
situaciones
análogas de sufrimiento, también otro joven profeta,
Jeremías, fue capaz de ver
el almendro en ciernes (Jer 1,11). Allí donde todos ven
sólo negatividad, los
profetas ven más allá, lejos, una historia y una
esperanza diferente:
la historia de Dios que lleva a todos a la salvación.
Isaías veía despuntar un
retoño, que en seguida fue lleno del multiforme espíritu
del Señor (v. 1-3). Y
describe el estupendo jardín de la convivencia
pacífica de los
seres vivientes (animales y personas) entre sí y con la
creación (v. 5-9). Tan
sólo un pueblo que vive así, en la justicia y
armonía de relaciones, tiene algo
positivo que decir a los otros, puede llegar a ser un “estandarte de
pueblos”
(v. 10). Tan sólo así tendrá algo hermoso y
verdadero que compartir en el
concierto de las naciones. ¡Y se convierte en comunidad
misionera! Entre las
notas de ese pueblo en paz dentro y fuera, S. Pablo (II lectura)
incluye
la capacidad de acogerse mutuamente como nos
acogió Cristo (v. 7), por su
misericordia (v. 9).
Juan el Bautista (Evangelio), profeta austero e
interiormente libre, con palabras de fuego prepara el camino del
Señor que
viene detrás de él, bautiza “con agua para la
conversión”, anunciando la
presencia de uno que es más fuerte que él, el cual
“bautizará en el Espíritu
Santo y en el Fuego” (v. 11). Por eso, Juan grita:
“Conviértanse” (v. 2). Ya
existe una criatura plenamente convertida,
es decir, totalmente orientada hacia Dios, llena de Espíritu
Santo: es,
ejemplarmente, María, toda pura, sin mancha; es
la Inmaculada
(fiesta el 8 de diciembre). Ella ha acogido a su Señor y le ha
dado un cuerpo
humano; ahora lo ofrece a todos, incluso
a aquellos que todavía no lo conocen. El
Adviento es un tiempo privilegiado para
vivir la misión: en Adviento y en Navidad el
Señor llega a nosotros; no
faltará a la cita. Pero Él quiere llegar a otros
también por medio de
nosotros.
Palabra
del Papa
(*)
“Según la fe cristiana, la «redención», la
salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la
salvación en el
sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable,
gracias a la
cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un
presente
fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta,
si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que
justifique el esfuerzo del camino... En este caso, aparece
también como
elemento distintivo de los cristianos el hecho de que tienen un futuro:
no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que
su vida,
en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro
es cierto como
realidad positiva, se hace llevadero también el presente”.
Benedicto
XVI
Encíclica
Spe Salvi, 30 de
noviembre de 2007, n. 1-2
Siguiendo los pasos de
los Misioneros
- 5/12: B. Felipe Rinaldi (1856-1931), tercer
sucesor de S. Juan Bosco al frente de la
Sociedad salesiana, a la que dio
un fuerte impulso misionero ad gentes.
- 6/12: S. Nicolás (ca.
250-326), obispo de Mira, patrono
de Bari, santo popular por los regalos de Navidad; patrono de los
niños,
farmacéuticos, mercaderes, navegantes, pescadores, perfumistas.
- 6/12: B. Pedro Pascual (ca.
1225-1300), mercedario
español, obispo de Jaén, evangelizador en España y
Portugal; fue martirizado
por musulmanes en Granada.
- 7/12: S. Ambrosio (339-397),
obispo de Milán, doctor,
defensor y organizador de la Iglesia, maestro de S. Agustín.
- 7 y 8/12: Aniversarios de
importantes documentos
misioneros: decreto conciliar Ad Gentes (7.12.1965); Evangelii
Nuntiandi (Pablo VI, 8.12.1975); Redemptoris Missio (Juan
Pablo II,
7.12.1990).
- 8/12: Solemnidad de la
Inmaculada Concepción de la B.
V. María, Madre de Cristo Salvador.
- 8/12: B. Narcisa de
Jesús Martillo Morán (1832-1869),
que vivió en Ecuador y falleció en Lima (Perú);
laica, terciaria dominica, entregada
a la oración, a la penitencia y al servicio de los necesitados.
- 9/12: S. Juan Diego
Cuauhtlatoatzin (+1548), indígena
de México, a quien se le apareció la Virgen llamada de
Guadalupe (1531), sobre
la colina del Tepeyac.
- 10/12: Jornada Mundial de los Derechos
Humanos (ONU, 1948).